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  • Foto del escritorRedacción Relax

Cantona, la zona arqueológica más grande de México



Foto: Ángel García Cook, Mediateca INAH


México es reconocido a nivel mundial por sus impresionantes zonas arqueológicas. Entre ellas destacan sitios imponentes como Chichén Itzá, Teotihuacán, la gran pirámide de Cholula, Palenque o la selvática y solitaria Calkamul.

 

Sin embargo, existe una zona arqueológica que por sus dimensiones ostenta el título de ser la más grande de México: Cantona.

Fue descubierta a mediados del siglo XIX, en 1855, por Henri Louis Fréderic de Saussure, un naturalista, geólogo, entomólogo y explorador suizo.

 

El nombre Cantona proviene del náhuatl Caltonac, proveniente de los vocablos nahuas calli=casa y tonalli=sol, que significa “casa del sol”, en referencia a la importancia del sol en la cosmovisión de sus antiguos habitantes.

 

Hasta ahora, se tiene registro de aproximadamente 453 hectáreas que formaban parte de la ciudad, de las cuales solamente se ha explorado un

2 %. Se han podido identificar tres amplias unidades en Cantona: al centro y al norte, con alrededor de 3.5 km2 cada una, y al sur, con 5 km2, que es donde se asienta la acrópolis y el área rehabilitada para su visita. Ningún otro sitio arqueológico en el país abarca tanto espacio como Cantona.

 


Foto: Ángel García Cook, Mediateca INAH

Ubicada a 2500 y los 2600 metros sobre el nivel del mar, en el Valle de Serdán, también conocido como los Llanos de San Juan, al noreste de la ciudad de Puebla, entre los municipios de Tepeyahualco y Cuyoaco, se encuentra Cantona. Está limitada al norte por la Sierra de Zacapoaxtla y al oriente por la sierra que inicia en los volcanes Atlitzin y Citlaltépetl y termina en el Cofre de Perote. Los vientos que llegan a esta región hacen que sea bastante fría y seca.

 

Cantona fue una de las ciudades prehispánicas más antiguas y urbanizadas de Mesoamérica. Se cree que fue fundada hacia el 200 a. C. y que alcanzó su poderío entre los siglos VI y X d. C., cuando por su ubicación estratégica, controlaba el comercio entre el Altiplano y el Golfo de México, lo que le daba el control sobre los recursos de la Sierra Madre Oriental.

 

Los habitantes comerciaban con artefactos de obsidiana que obtenían de los yacimientos de Oyameles-Zaragoza, a escasos nueve kilómetros al noreste de la ciudad. El Estado controló dicha producción para lograr el intercambio de los bienes y productos que se necesitaran.

 

A diferencia de otras zonas arqueológicas, cuyas construcciones siguen un trazado más regular y calles planificadas, Cantona se edificó sobre un derrame basáltico del volcán Jalapasco, lo que resultó en edificaciones asimétricas, una característica poco común en la región de Mesoamérica.

 


Foto: Ángel García Cook, Mediateca INAH

El estilo constructivo de Cantona, donde no se empleó cementante alguno, ha llamado la atención; las piedras fueron dispuestas unas junto a otra y las hendiduras sólo fueron rellenadas con tierra. El éxito de este estilo de construcción se demuestra después de un milenio en que las estructuras han soportado las inclemencias del tiempo.

El uso de piedra fue fundamental en la construcción de templos, calzadas serpenteantes, calles amuralladas, pasillos y complejos residenciales interconectados, que suman alrededor de 4,000 estructuras.

 

Siendo la ciudad más importante del Altiplano, albergaba numerosos espacios religiosos y políticos, destacando la presencia de 27 canchas de juego de pelota (10 se encuentran en la acrópolis), la mayor cantidad registrada en un sitio arqueológico en México, lo que es una clara muestra de la importancia que se les daba a las ceremonias religiosas. Y entre éstas la decapitación y la mutilación que estaban relacionadas con la fertilización de la tierra, fueron frecuentes. Se ha encontrado también gran cantidad de esculturas fálicas tanto en los juegos de pelota como en plazas y otros lugares de Cantona, y fueron descubiertos nueve falos y dos hachas votivas colocadas sobre un conjunto de restos humanos y otras ofrendas, al pie de la pirámide más grande de todo el sitio, en la llamada Plaza de la Fertilización de la Tierra.

 


Foto: Ángel García Cook, Mediateca INAH

En su apogeo, se estima que Cantona llegó a tener alrededor de 7,500 unidades habitacionales, aunque sólo se han descubierto aproximadamente 2,700 —32 por ciento del área total de la ciudad—, en la parte sur del sitio. Hasta el momento, no se conoce algún otro asentamiento humano de carácter prehispánico que se asemeje a la conformación de las unidades habitacionales —de élite o populares— y la forma de comunicarse entre ellas y el resto de la ciudad como la existente en Cantona, lo que la hace única en su género.

 

Toda la población, salvo los altos dignatarios, vivió en unidades habitacionales cerradas por muros periféricos y/o delimitadas por accidentes topográficos adaptados con muros de contención para tal fin.

 

Entre sus construcciones destacan la acrópolis, las plazas, los barrios, las calzadas de hasta un kilómetro de longitud, las cerradas, las privadas, sus 500 calles adoquinadas, los tres mil patios individuales, las banquetas y los juegos de pelota.

 

Los antiguos habitantes de Cantona pertenecían a la cultura olmeca-xicalanca, que se desarrolló entre los siglos VI y X d. C. en el norte de México y el sur de Estados Unidos. Vivían en unidades habitacionales cerradas, delimitadas por gruesas paredes de piedra, que se distribuían en barrios y se conectaban por más de 500 calles adoquinadas. Cada unidad habitacional podía albergar a varias familias, que compartían un patio central, una cocina, un altar y un juego de pelota. Los habitantes practicaban la agricultura, la caza, la pesca y la recolección, y elaboraban objetos de cerámica, madera, hueso, concha y metal. También tenían una compleja organización social y política, basada en linajes, clanes y cacicazgos, que se reflejaba en su arquitectura monumental, como la acrópolis, los templos, las plazas y los altares.

 

El período de mayor esplendor de Cantona tuvo lugar entre el 350 d.C. y el 550 d.C. No obstante, su población siguió creciendo de manera significativa después del año 600, llegando a albergar hasta 90,000 habitantes.

 

Cantona fue abandonada hacia el siglo XI, probablemente por cambios climáticos que desecaron la región y por la llegada de grupos chichimecas.

 



Foto: Ángel García Cook, Mediateca INAH

En el año de 1994, la zona arqueológica abrió al público y en octubre de 2012, se inauguró el museo de sitio, que, tras 20 años de investigación, ofrece una visión más detallada de la historia y la vida cotidiana de los antiguos habitantes de Cantona.

 

Cada año, desde la apertura de la zona, el proyecto de investigación a cargo de un equipo de especialistas dirigido por el arqueólogo Ángel García Cook, ha continuado trabajando en temporadas de campo y, a través del tiempo, se han rescatado infinidad de piezas de diferentes materiales, como cerámica, piedra y obsidiana, así como restos óseos.

 

La selección de piezas, recuperadas en las diversas temporadas de excavación, consta de restos óseos de animales de la región y foráneos que sirvieron como alimento y, en algunos casos, como ofrenda; elementos arquitectónicos que decoraron algunos de los edificios de la ciudad; diversos implementos usados en la vida cotidiana y ritual, como puntas de proyectil, cuchillos y navajas; piedras de molienda, grandes ollas para almacenar granos y agua, ollas y patojos con muestras de haber sido empleados en la cocción de alimentos, así como herramientas utilizadas en la preparación de la fibra de ixtle. El visitante también tendrá oportunidad de ver instrumentos musicales, ornamentos de piedra verde y concha, y restos óseos humanos encontrados en contexto funerario.

 

 

Cantona

Carretera México-Puebla, Salida a la Cantona, Col. Vicente Guerrero centro, C.P. 34890, Tepeyahualco, Puebla.

 

Martes a domingo de 10:00 a 17:00 horas.

 

Cómo llegar

Desde la ciudad de Puebla, tomar la autopista No. 150 México-Veracruz en dirección al oriente. A la altura del poblado de Amozoc acceda a la carretera federal No. 129 Puebla-Teziutlán hacia el norte, hasta llegar al poblado de Oriental. Continuar por la carretera que conduce a Tepeyahualco, donde se desprende el camino que llega a la zona arqueológica.

 

El acceso a la zona arqueológica de Cantona tiene un costo de $90 pesos por persona, que incluye la entrada al museo de sitio.

 

Actualmente, es posible recorrer dos extensas calzadas, patios, explorar los restos de las antiguas viviendas, visitar la acrópolis (el punto más elevado), donde se concentran los templos y las residencias de los gobernantes, así como admirar 12 estructuras piramidales y tres conjuntos de canchas de juego de pelota.

 

Cantona, la joya arqueológica más grande de México, es un lugar fascinante que nos permite adentrarnos en la historia de antiguas civilizaciones y apreciar la grandeza de su legado arquitectónico y cultural.

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