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  • Foto del escritorRedacción Relax

La creación de la nada en voz de Gorostiza



La crítica literaria instala al extenso poema Muerte sin fin (1939) como la alegoría más compleja que construyó el poeta tabasqueño José Gorostiza (1901-1973), lo que a su vez coloca a esta obra como uno de los mayores logros de la poesía contemporánea y por consiguiente una lectura fundamental, ya que además mantiene una conexión directa con las Soledades (1613) de Góngora y el Primero sueño (1692) de Sor Juana Inés de la Cruz, al igual que con el lenguaje poético del simbolismo francés, desarrollado a finales del siglo XIX.

Rebosado así, Gorostiza bordeó una síntesis que parte desde la esencia misma de la poesía e incluye la visión particular del poeta sobre el significado de ésta y sobre cómo a través de las palabras es posible hallar la parte inherente de todas las cosas y dar sentido al sin sentido del mundo. Con todo esto, el autor crea un enigmático lenguaje que va más allá de la simple acción de enunciar por enunciar, porque lo que realmente está produciendo, fuera del léxico empleado, es un análisis bastante minucioso de la creación del Universo, que no toca su finalidad mas sí su fin; por ello, también el hombre, entendido como la humanidad, entra en juego, debido a que es quien persigue ese misterio y al mismo tiempo lo sufre.

Incógnita que a su vez busca deslumbrar la poesía, pues es eso y no otra cosa lo que quiere descifrar, lo indescifrable. Es decir, las principales cuestiones filosóficas que atraen al hombre y van sobre el amor, la vida y su creador, pero con sus respectivos complementarios, no opuestos. Entonces Gorostiza veía en la poesía un poder revelador que delataba en toda cosa una voz oculta, capaz de manifestarse a través de quien quiera oírla. Lo verdaderamente emocionante viene después, pues aquel que se percata de un suspiro deberá trasladar ese pequeño ruido en un gran sonido revuelto en palabras, versos, estrofas, libros.

De esa manera, Muerte sin fin parte de una cosa, a lo mejor tan mundana que podría pasar desapercibida, pero que sirve como punto de seguridad, tal vez un puerto en el cual uno se detiene con los pies desnudos y enredados entre lagos de pensares, sólo para indagar, parte por parte, en cada uno de los efectos que sentimos lúcidamente al naufragar sobre la existencia, al advertirse arrojados a un siniestro abismo terrenal en donde el duelo te mantiene vivo pero tocando el vacío, buscando entre las ruinas de la consciencia el por qué de todo cuanto se vive y se recuerda de momento, en “una noche impensada, al azar, y en cualquier escenario irrelevante”.

La imagen poética del agua, ceñida por la apariencia de un vaso, agua que, estando comprimida, irónicamente, toma forma, color, sabor e incluso postura, muestra entre sus partículas el método que un dios llamado vaso realiza para moldear al líquido hombre, dando cuerpo, sentido y final. Es el agua como resumen de todas las cosas que existen en el mundo, la que refleja al vaso que también es un espejo de todo, de la vida, Dios, y de la muerte, Diablo.

Es por eso que Gorostiza al hablar del agua-vaso que dispara la relación del uno con el todo, lo que es igual al hombre con el mundo, utiliza el nexo que hay entre la vida y la muerte, noción que esconde a un Dios, pero también a un Diablo; tanto se acude a vivir como se acude a morir. Asimismo, el Diablo que es la muerte sin fin, un final que sucede en todos, es un recordatorio que el Dios mantiene dentro de sí, porque de la misma forma que el hombre perece eternamente, él también se consume día a día, muerte con muerte.

La solución a la que llega el poeta, y que coincide con varios sabios, consiste en confrontar el devenir, pero sin expandir más la oquedad interna, sino ir acompañados de la propia oscuridad que contenemos en la luz de nosotros mismos. Un acto que probablemente puede ser irreverente y del todo osado, pero que al final, al verdadero final, que puede ser en cualquier momento, significa una actitud más de goce que de suplicio.


Entendido de otro modo, la muerte es inherente a la vida y a toda existencia, por ende, Muerte sin fin toma el eco del último quebranto y lo transforma en lenguaje, en ese lenguaje que entre silencios se convierte en nada, “en donde nada es ni nada está, donde el sueño no duele, donde nada ni nadie, nunca, está muriendo”, porque en ese escenario todo ya se ha ido, todo es nada…

Por tanto, crear la nada implica enunciar todo, una suma de todo el mundo contenido y a la vez disperso como él mismo. ¿Qué otra forma hay para manifestarlo sino de manera ontológica? La poesía interior y trascendental de Gorostiza logra esto, y más, en un solo poema, tan firme que a cada verso se condensa una nube de respuesta que llueve en la memoria. Se trata de una sensación inesperada, pero a la par necesaria, como si su voz fuera la voz interna que da luz y deslumbra el alma.

Ya lo menciona en dos versos: “¡Oh inteligencia, soledad en llamas, que todo lo concibe sin crearlo!”. Así, el poeta moldea las amorfas palabras y las fija a un mundo que no vive en materia mas sí en concepto, un espacio poético que imprime en el tiempo real de la existencia, las más profundas olas, aparentemente, insondables.

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