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  • Foto del escritorRedacción Relax

Con significativas influencias para su obra, Jorge Luis Borges retorna a su cuna



Este 2021, se cumplen cien años de que el joven Jorge Luis Borges y su familia regresaran a Argentina, después de haber vivido por cuatro años en Ginebra, Suiza, y de haber pasado casi tres en España. La guerra había terminado; un asunto que, años más tarde, considerara una insensatez, por las expresiones de países enemigos en busca de la revancha, y que, en lo particular, influyó en su inspiración creativa.


Había quedado atrás ese capítulo de su vida, en el que, por deseo de su padre, de recorrer el viejo continente antes de perder la vista, la familia Borges había quedado atrapada en Ginebra; y es que, a los dos meses de su salida de Argentina, la conflagración estallaría, lo que representaba grandes peligros para transitar de un país a otro.


Pero decir que quedó en el pasado, no es lo mismo que en el olvido. El mismo escritor reconocería que fue en 1918 cuando, a su llegada a España, comenzó su actividad literaria. Le precedían estudios secundarios en una escuela francesa, en la que aprendió latín, continuando su preparación de forma independiente, en alemán. Fue en esa época cuando leyó la poesía expresionista de Walt Whitman, con la traducción de Johannes Schlaf (1862-1941); más tarde, Borges sería el primer traductor de Whitman al castellano. Además, había leído ávidamente a los prosistas del realismo francés, a Gilbert K. Chesterton y a Arthur Schopenhauer, al tiempo que se sintió atraído por Nietzsche y Rimbaud.


En Sevilla, España, el argentino escribiría dos libros que no llegaron a difundirse: Los naipes del tahúr y los poemas de Los himnos rojos o Los ritmos rojos, que eran un brioso canto a la reciente Revolución Soviética. En esta época, se relacionaría con poetas del ultraísmo, como el andaluz Rafael Cansinos Assens, y comenzaría a colaborar con las revistas Ultra, Hélices y Cosmópolis, a la vez que daría a conocer su primer poema, Al mar. En Madrid, conocería a Ramón del Valle-Inclán, a Gómez de la Serna, a Gerardo Diego y Guillermo de Torre, de quienes también recibiría influencia.


Cabe decir que el ultraísmo al que se integró el autor se nutría de otras disciplinas, como la pintura (futurismo, cubismo, dadaísmo, expresionismo), y se caracterizaba básicamente por un humor ágil e irónico, por el uso de cadenas de metáforas, la supresión de adjetivos inútiles y por el rebuscamiento, además de un lenguaje sintético, que, más que decir, sugiere.


Retorno a la cuna


Al regresar a Buenos Aires, el joven, descendiente de criollos, portugueses e ingleses, haría un redescubrimiento de su tierra, y con éste, el barrio porteño de las orillas de la ciudad se convertiría en un sitio mítico de su obra.


Borges quedaría sorprendido de su convivencia con payadores y compadritos, cuya habla callejera, muestra de una profunda necesidad de expresión política, histórica y social –en forma versada–, significaría una de sus fuentes de inspiración. De esta influencia data su admiración por Evaristo Carriego, un poeta que también hizo honor al arrabal porteño, y por el cual nació Hombre de la esquina rosada (1927), un cuento que, en su opinión, logró darle gran fama, a pesar de su falsedad. De esta manera, paulatinamente, Borges fue abandonando el ultraísmo.


Justo a los 55 años de edad, tiempo señalado por él mismo, el escritor perdería la visión debido a una ceguera progresiva e incapacitante que había heredado de su padre, y éste, a su vez, de su abuela. Dicha condición, lejos de demeritar su producción literaria, sería causa de los símbolos innovadores que creó a través de la imaginación, según la opinión de investigadores de su obra. Incluso, hablaba con humildad de su “modesta ceguera personal”, especificando que ésta era total de un ojo y parcial del otro, y describía de los colores que aún podía vislumbrar, definir y recordar, de manera poética.


Desde su retorno a Buenos Aires y hasta 1960, Borges comenzaría una sucesiva trayectoria de poesías, ensayos e, incluso, tangos y milongas, en los que enfatizaría su devoción por Argentina.


Al acentuarse su ceguera, se le prohibió leer y escribir; sin embargo, con la ayuda de su madre y amigos, comenzó a estudiar anglosajón e islandés antiguo.


Por algún tiempo, se inclinaría por la prosa y por un constante ejercicio en el que jugaría con la ficción y la realidad. Además, colaboraría con publicaciones de tipo literario. El mismo autor definiría que: “Bien cumplidos los 70 años... un escritor ya sabe ciertas cosas... sabe lo que puede intentar y lo que le está vedado... puedo consentirme algunos caprichos, ya que no me juzgarán por el texto, sino por la imagen indefinida pero suficientemente precisa que se tiene de mí”.


Sus distinciones


Aparte de sus logros como profesor en institutos particulares, a principios de los años 50, y de algunas traducciones de sus obras, en 1955, tras la caída de Perón, Borges fue nombrado director de la Biblioteca Nacional, cargo que ocuparía por 18 años consecutivos. Ese mismo año, la Academia Argentina de Letras lo designó académico de número.


En 1956, se desenvolvió como profesor de literatura inglesa en la Facultad de Filosofía y Letras y obtuvo el Premio Nacional de Literatura y el grado de doctor honoris causa por la Universidad de Cuyo.


Para 1961, se le otorgó el Premio del Congreso Internacional de Editores y el título de Commendatore del gobierno italiano.


En 1963, fue nombrado doctor honoris causa por la Universidad de Los Andes, en Colombia.


Para 1965, fue condecorado con la Insignia del Caballero de la Orden del Imperio Británico, con la Medalla de Oro del IX Premio de Poesía de la ciudad de Florencia y con la Orden del Sol del gobierno de Perú.


En 1966, se publicó por primera vez una vasta recopilación de su carrera, con el nombre Obra Poética (1923-1966).


En las dos décadas siguientes, se multiplicaron los reconocimientos, como: el doctorado honoris causa de la Universidad de Michigan (1972), de la Sorbona (1978), y de la Universidad de Harvard; el Premio Cervantes (España, 1979); la Orden de la Legión de Honor (París, 1983); la Gran Cruz de Alfonso X, el Sabio (España, 1983); el doctorado honoris causa de la Universidad de Roma (1984), el Gran Collar de la Orden de Santiago de la Espada (Portugal, 1984).


No obstante la obra del erudito está concentrada en recopilaciones poéticas, ensayos, cuentos, traducciones, prólogos y conferencias, además de diversas colaboraciones con otros escritores, hay cinco títulos que serían emblema de toda su trayectoria: Inquisiciones (1925), Historia de una eternidad (1936), Ficciones (1944), El Aleph (1949) y El libro de los seres imaginados (1957); en tanto, fueron tres las obras que dedicó a María Kodama, con quien se casó el 26 de abril de 1986: Historia de la noche (1977), La cifra (1981) y Los conjurados (1985).


El escritor murió el 14 de junio de 1986, en Ginebra, Suiza.










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