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  • Hedy Hernández

El amor eterno en el Valle de México



El Valle de México está enmarcado por dos majestuosos volcanes que dominan el horizonte: el Popocatépetl y el Iztaccíhuatl. Estas imponentes montañas no sólo son una maravilla natural, sino que también están envueltas en una antigua y hermosa leyenda que ha sido transmitida de generación en generación.


El origen


Según la mitología azteca, los volcanes Popocatépetl e Iztaccíhuatl tienen su origen en una historia de amor trágica. Hace miles de años, durante el esplendoroso Imperio Azteca, los pueblos vecinos eran sometidos a tributos obligatorios por parte de los aztecas. Sin embargo, los Tlaxcaltecas, acérrimos enemigos de los aztecas, decidieron luchar por la libertad de su pueblo.


El cacique de los Tlaxcaltecas tenía una hija llamada Iztaccíhuatl, conocida por su belleza deslumbrante, quien le había profesado su amor al joven Popocatépetl, el más apuesto guerrero. Ambos se profesaban un profundo amor, por lo que antes de partir al combate, Popocatépetl pidió la mano de Iztaccíhuatl al cacique, quien aceptó con la condición de que regresara victorioso de la batalla y con la cabeza de su enemigo en la lanza, y prometió darle la bienvenida con una gran celebración para darle la mano de su hija. El valiente guerrero aceptó, preparó todo y partió manteniendo en su corazón la promesa de que la princesa lo estaría esperando.


Sin embargo, un rival celoso de Popocatépetl engañó a Iztaccíhuatl, informándole falsamente que su amado había fallecido en combate. Devastada por la noticia, la princesa murió de tristeza y desconsuelo.


Cuando Popocatépetl regresó triunfante, se encontró con la funesta noticia de la muerte de su amada.


El duelo y la creación de los volcanes


Desolado por la pérdida de Iztaccíhuatl, Popocatépetl decidió honrar su amor de una manera extraordinaria y asegurar que la princesa nunca fuera olvidada. Mandó construir una gran tumba ante el sol, amontonando diez cerros para formar una enorme montaña. Luego, llevó el cuerpo inerte de Iztaccíhuatl a la cima de la montaña y la recostó allí besando amorosamente sus fríos labios.


Popocatépetl, consumido por su amor y tristeza, encendió una antorcha que nunca se apagaría y se arrodilló frente a su amada, velando su sueño eternamente. Con el paso del tiempo, la nieve cubrió sus cuerpos, transformándolos en dos grandes volcanes que permanecerían juntos hasta el fin de los tiempos, uno frente al otro.


En cuanto al cobarde tlaxcalteca que mintió a Iztaccíhuatl, presa del arrepentimiento por la tragedia que desencadenó, fue a morir muy cerca de su tierra. También se convirtió en montaña, el Pico de Orizaba, otro de los volcanes de la región, y desde muy lejos, vigila el sueño eterno de los amantes que ya nunca se podrán separar.


Los dos volcanes enamorados


El Popocatépetl continúa activo hasta el día de hoy, lanzando fumarolas que son interpretadas como suspiros de amor hacia Iztaccíhuatl, cuando su corazón -que conserva el fuego de la eterna pasión- se estremece.


Su forma imponente y su actividad volcánica han cautivado tanto a locales como a visitantes, convirtiéndolo en un símbolo icónico de la región.


Con una edad aproximada de 730 mil años, el Popocatépetl alza su forma cónica simétrica a una altura máxima de 5,450 metros sobre el nivel del mar, lo que lo coloca como el segundo más alto de México.


Está unido en su parte norte con el Iztaccíhuatl, mediante un paso montañoso conocido como Paso de Cortés, nombre que hace referencia a la ruta que siguió Hernán Cortés por ese lugar, antes de llegar a la Gran Tenochtitlán.


Por otro lado, el Iztaccíhuatl, deriva su nombre de los vocablos nahuátl “iztac”, que significa “blanco” y “cíahuatl” que se interpreta como“mujer”, por lo que su nombre se traduce como “Mujer blanca”. Actualmente, es mejor conocido como "La mujer dormida", debido a su característico perfil que asemeja a una mujer recostada con la cara hacia el cielo, se alza majestuosamente cubierto de un manto blanco. Su silueta es reconocible desde diversos puntos del Valle de México y ha inspirado a artistas y poetas a lo largo de los siglos.


El Iztaccíhuatl es un volcán extinto ubicado en el centro de México. Es la tercera montaña más alta del país con una altitud de 5,220 metros sobre el nivel del mar y ambas se localiza en los límites territoriales de los estados de México y Puebla.


Pero, ¿por qué le decimos Don Goyo al Popocatépetl?


El Popocatépetl deriva su nombre del verbo náhuatl “popoca” que significa “humo” y del sustantivo “tepetl”, que quiere decir “cerro”, así, literlamente nombre significa “Cerro que Humea”, debido a que desde esa época emanaba ya, su tan característica fumarola.


Popularmente, es conocido como “El Popo”, aunque las poblaciones asentadas en sus faldas lo conocen con el mote de “Don Goyo”.

No existe una explicación oficial del porqué le decimos así; sin embargo, hay varias versiones que vienen de la cultura popular. Goyo es el diminutivo de Gregorio, por lo que por un tiempo se creyó que Popocatépetl significa Gregorio, pero no es así.


Otra de las teorías y la más difundida, dice que tiene su origen en Santiago Xalitzintla, localidad en Puebla, en la que un hombre llamado Antonio paseaba en las faldas del volcán cuando era un niño. Se cuenta que ahí se le apareció un señor que dijo que se llamaba Gregorio Chino Popocatépetl quien le confesó ser el guerrero tlaxcalteca. Antonio le preguntó por qué se le presentaba, y éste le contestó que se grabara bien su cara y su nombre, porque cada que se avecinara una erupción se le aparecería para que les avisara a los habitantes que tomaran precauciones al respecto.


A Antonio le dieron el mote de “tempero”, es decir, aquel que recibiría el anuncio de la actividad volcánica por parte de Popocatépetl en persona. Al morir Antonio, sus descendientes hacían rituales para comunicarse con Gregorio Chino Popocatépetl, a quien empezaron a llamar Don Goyo, en señal de respeto y el cariño que le tomaron por anunciar sus movimientos. Así, aprendieron a comunicarse con el volcán, y se hicieron llamar también temperos, pero de acuerdo a la tradición, tienen que ser elegidos por el propio Popocatépetl. En agradecimiento por su confianza, los temperos le ponen ofrendas para celebrar su vida y de paso, pedir lluvias y buen clima, en especial cada 12 de marzo, Día de San Gregorio Magno. A las faldas del volcán le dejan flores y alimentos, al igual que inciensos y algunas artesanías hechas por ellos mismos.


El legado


La leyenda de los volcanes Popocatépetl e Iztaccíhuatl ha trascendido el paso del tiempo desde la época del Imperio Azteca, en el siglo XIV, y se ha convertido en parte fundamental de la identidad cultural de México. No sólo son una maravilla natural, sino también los protagonistas de una hermosa leyenda de amor eterno y un recordatorio de la importancia del honor, la lealtad y la perseverancia.


Estos volcanes, con su majestuosidad y presencia imponente, y que ahora son parte de una región protegida del Parque Nacional de Popocatépetl e Iztaccíhuatl, el cual se encuentra entre los estados de Puebla, Morelos y el Estado de México, siguen cautivando a todos aquellos que los observan. Son testimonio vivo de una historia de amor eterno que ha dejado una huella indeleble en el corazón de todos los mexicanos.



El Idilio de los Volcanes

José Santos Chocano


El Iztaccíhuatl traza la figura yacente

de una mujer dormida bajo el Sol.

El Popocatépetl flamea en los siglos

como una apocalíptica visión;

y estos dos volcanes solemnes

tienen una historia de amor,

digna de ser cantada en las compilaciones

de una extraordinaria canción.


Iztlccíhuatl hace miles de años

fue la princesa más parecida a una flor,

que en la tribu de los viejos caciques

del más gentil capitán se enamoró.


El padre augustamente abrió los labios

y díjole al capitán seductor

que si tornaba un día con la cabeza

del cacique enemigo clavada en su lanzón,

encontraría preparados, a un tiempo mismo,

el festín de su triunfo y el lecho de su amor.


Y Popocatépetl fuése a la guerra

con esta esperanza en el corazón:

domó las rebeldías de las selvas obstinadas,

el motín de los riscos contra su paso vencedor,

la osadía despeñada de los torrentes,

la acechanza de los pantanos en traición;

y contra cientos y cientos de soldados,

por años gallardamente combatió.


Al fin tornó a a tribu (y la cabeza

del cacique enemigo sangraba en su lanzón).

Halló el festín del triunfo preparado,

pero no así el lecho de su amor;

en vez de lecho encontró el túmulo

en que su novia, dormida bajo el Sol,

esperaba en su frente el beso póstumo

de la boca que nunca en la vida besó.


Y Popocatépetl quebró en sus rodillas

el haz de flechas; y, en una solo voz,

conjuró la sombra de sus antepasados

contra la crueldad de su impasible Dios.


Era la vida suya, muy suya,

porque contra la muerte ganó:

tenía el triunfo, la riqueza, el poderío,

pero no tenía el amor...


Entonces hizo que veinte mil esclavos

alzaran un gran túmulo ante el Sol

amontonó diez cumbres

en una escalinata como alucinación;

tomó en sus brazos a la mujer amada,

y el mismo sobre el túmulo la colocó;

luego, encendió una antorcha, y, para siempre,

quedóse en pie alumbrando el sarcófago de su dolor.


Duerme en paz, Iztaccíhuatl nunca los tiempos

borrarán los perfiles de tu expresión.

Vela en paz. Popocatépetl: nunca los huracanes

apagarán tu antorcha, eterna como el amor...

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