El diamante Hope, “la joya maldita”
- Redacción Relax

- hace 4 días
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¿Mito, realidad o coincidencia?

El diamante Hope es, sin duda, una de las piedras preciosas más famosas –y misteriosas– del planeta. Mas allá de su azul profundo y de su tamaño impresionante, la leyenda de una supuesta maldición que recae sobre quienes lo poseen ha alimentado cientos de historias, rumores y mitos que se entrelazan con la historia real.
El Hope es un diamante de aproximadamente 45.52 quilates, famoso por su extraordinario color azul, debido a la presencia de átomos de boro en su estructura cristalina; algo muy raro, ya que sólo uno entre 200 mil diamantes tiene esa tonalidad. Su belleza lo ha hecho un símbolo de lujo, codicia y misterio durante más de tres siglos. Originalmente este diamante provino de una piedra mucho más grande, la llamada Azul de Francia o French Blue, que pesaba más de 110 quilates antes de ser tallado y pulido varias veces a lo largo del tiempo.
¿Todo por un castigo divino?
La piedra tiene su origen en la legendaria región de Golconda, en la India. Según la tradición popular, el diamante original fue extraído de la mina Kollur y fue robado en bruto de la estatua de la deidad hindú Sita, lo que supuestamente desató una maldición sobre quien lo poseyera. El robo se le atribuye al comerciante francés Jean-Baptiste Tavernier, a mediados del siglo XVII, aunque también se dice que lo pudo haber obtenido clandestinamente, de manos de un mercader indio.
Entre 1668 y 1669, Tavernier le vendió la gema –de 112 quilates en ese entonces– al rey Luis XIV de Francia, junto con otras joyas que había traído de la India. Las tragedias asociadas a los dueños del diamante comenzaron tiempo después de que el comerciante recibiera su paga, 147 kilos de oro puro, con los que compró un título nobiliario y un castillo. No obstante, de manera repentina, quedó en bancarrota y escapó a Rusia, donde murió en condiciones de indigencia, en 1698, y su cuerpo fue encontrado destrozado por perros salvajes.
La maldición se extiende a Francia
Por su parte, ya en manos de Luis XIV, el monarca ordenó recortar y tallar la piedra para adaptarla al gusto de la corte, reduciendo su peso a 67 quilates. El diamante fue bautizado como Azul de Francia o Azul de la Corona, y pasó a formar parte del tesoro real francés. De acuerdo con una nota de El Clarín, algunos allegados al rey tuvieron el desafortunado honor de lucirlo, como Nicolas Fouquet, un funcionario del gobierno, que cayó en la desgracia después de usar el diamante en un baile real, pues fue acusado de estafa y murió de hambre en una prisión, en 1680. Tiempo después, Madame de Montespan, una amante de Luis XIV, poseyó la joya como uno de los tantos obsequios que éste le dio. Sin embargo, al poco tiempo, todos los regalos del monarca le fueron retirados tras ser acusada de brujería y de intentar envenenar a varios miembros de la corte, por lo que fue expulsada del palacio, teniendo que vivir el resto de sus días en un convento, en condiciones muy modestas. Murió en 1707.
Aunque era el dueño, se cuenta que Luis XIV nunca había tocado la gema con sus propias manos, hasta 1715, cuando se lo mostró al embajador del Sha de Persia, en una visita que este último hizo a Francia. No mucho después, el primero de septiembre de ese mismo año, el monarca francés murió de gangrena, sin dejar ningún sucesor directo, ya que todos su hijos legítimos y hasta su nieto murieron antes que él. De este modo, lo sucedió su bisnieto Luis XV (1710-1774), quien, por precaución, se cuenta que lo guardó en un cofre y nunca lo usó.
Su sucesor fue Luis XVI, su nieto, pasando a ser el nuevo dueño de la gema, junto con su esposa, María Antonieta. Durante su reinado, en 1789, fue cuando estalló la Revolución Francesa, siendo guillotinados en 1793. Un año antes, el diamante fue robado del depósito real, junto con otras joyas de la Corona…
Nueva identidad, misma maldición
A partir de este momento, la historia se vuelve un poco confusa. Se dice que, después del saqueo del palacio en Francia, en 1792, cayó en manos de un revolucionario, de nombre Guillot, quien huyó a Londres, Inglaterra, para venderlo, aunque fue encarcelado y murió en prisión, en 1796.
Para 1812, se le ubica bajo la posesión de Wilhelm Fals, un tallador holandés, que dividió el diamante en dos, aparentemente, para que no fuera identificado por las autoridades francesas, pues Napoleón estaba buscando recuperar las joyas reales. La leyenda dice que una de las mitades, la más pequeña, fue adquirida por Carlos Federico Guillermo, duque de Brunswick, quien perdió su fortuna en menos de dos meses. La otra mitad la conservó Fals, pero su hijo lo asesinó, se la robó y la vendió antes de quitarse la vida.
Al parecer, el comprador fue un francés llamado Francis Beaulieu, quien, al enterarse de la supuesta maldición, de inmediato, se lo vendió a un comerciante inglés, de apellido Eliason (no está claro si se llamaba David o Daniel), aunque perdió el dinero de la paga y murió de hambre. De igual manera, Eliason se deshizo del diamante maldito, vendiéndoselo al rey Jorge IV de Inglaterra, alrededor de 1820 y 1821, quien, sin saber de la mala reputación de la gema, mandó a incrustarla en su corona. En los siguientes años, su salud empeoró, falleciendo en 1830. Debido a la deuda personal del monarca, la corte se vio obligada a vender la joya a través de canales privados.
De ahí, se identifica al siguiente propietario hasta 1839, Henry Philip Hope, un banquero de origen holandés, radicado en Inglaterra, quien rebautizó al diamante, con su apellido. Aunque lo mandó a exorcizar, la mala fortuna lo alcanzó, pues él murió ese mismo año, y, tiempo después, su familia, heredera de generación en generación de la gema, también pereció. El diamante terminó en manos de Francis Hope, quien lo vendió en 1901. En este punto, las versiones de lo que pasó cronológicamente varían un poco y vuelven a encontrarse hasta 1911, cuando la gema cae en manos del rico matrimonio estadounidense conformado por Ned y Evalyn McLean, luego de comprárselo a los famosos hermanos Cartier, quienes, incluso, habían fabricado un nuevo engaste para el diamante, ya que el antiguo no le gustaba a Evalyn.
Para ese entonces, las historias en torno a la supuesta maldición del diamante ya eran de conocimiento común, en gran medida, gracias a los periódicos, que mezclaban hechos con especulación y ficción para vender ejemplares. La actriz de teatro estadounidense May Yohé (que fue esposa de Francis Hope) le atribuyó al diamante su divorcio y el resto de infortunios que sufrió posteriormente en su vida. Incluso, llevó esta historia a la pantalla grande, en una producción basada en su libro The Hope Diamond Mystery, lo que contribuyó a consolidar la reputación del diamante como objeto supuestamente maldito.
A pesar de todo, los McLean no creyeron que la mala fortuna les llegaría, pero estaban equivocados. En 1919, el primero de sus cuatro hijos murió a los nueve años de edad, arrollado por un automóvil, mientras jugaba a las afueras de su mansión, en Washington; años más tarde, su riqueza se disolvió, la pareja se divorció y, tiempo después, su hija fue encontrada muerta a la edad de 24. Ned fue diagnosticado con enfermedad mental e internado en un psiquiátrico, donde murió en 1941. Luego de la muerte de Evalyn (1947), sus joyas se pusieron a la venta para compensar sus múltiples deudas.
En 1949, Harry Winston, un joyero de lujo estadounidense compró el lote de joyas de Evalyn, incluido el Hope, y, una década después y luego de haberlo exhibido en diferentes partes, Winston lo mandó a tallar nuevamente y lo donó al Museo de Historia del Instituto Smithsoniano, en Washington, donde se exhibe actualmente. Lo curioso es que, pese a su incalculable valor, Winston envió el diamante por correo postal, asegurándolo en un millón de dólares. Se dice que, incluso, el cartero encargado de llevar el paquete, sin siquiera haber sido propietario, comenzó a sufrir tragedias sólo un año después de realizar la entrega. Todo parece indicar que él fue la última víctima de la maldición del diamante… O, al menos, de la que sabemos.
James Cameron, el director de Titanic, se inspiró en el famoso y misterioso diamante Hope para crear el collar "Corazón del Océano”, una joya icónica dentro de la película, que, cabe aclarar, es una invención para la trama, no una pieza real que se hundiera con el barco.
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