La evolución de los reality shows, de la televisión experimental a las casas más famosas
- Redacción Relax

- 30 sept
- 5 Min. de lectura

Los reality shows han cambiado la manera en la que consumimos televisión. Lo que empezó como un experimento social y televisivo se transformó en un fenómeno global, capaz de marcar a generaciones enteras. Desde los primeros intentos tímidos hasta producciones que dominan plataformas y pantallas, los realities reflejan nuestra fascinación por la vida ajena.
Cuando la vida cotidiana se volvió entretenimiento
Antes de que el término reality show existiera, ya había intentos por llevar la vida real a la pantalla chica. Durante los años 40 y 50, la televisión apenas estaba encontrando su estilo, y los programas de concursos o de variedades eran los que dominaban. Sin embargo, pronto, surgió la idea de mostrar el desarrollo de la vida de personas comunes o de registrar situaciones no guionizadas.
Uno de los primeros ejemplos es Candid Camera (1948), creado en Estados Unidos. El concepto era simple: una cámara oculta captaba las reacciones de la gente común ante bromas y situaciones inesperadas. Aunque, en ese momento, se consideraba un programa humorístico, hoy, se le reconoce como un pionero del género reality, pues introdujo la fórmula de “personas reales, situaciones reales”.
En los años 70, otro formato revolucionó la idea. PBS, en Estados Unidos, transmitió An American Family (1973), un documental, de 12 capítulos, que seguía la vida de los Loud, una familia californiana. Por primera vez, la intimidad de un hogar era mostrada al público, sin un guion. Los espectadores pudieron ver discusiones, conflictos matrimoniales e, incluso, la primera salida del clóset televisada de un hijo homosexual, en Estados Unidos. Aunque fue un concepto polémico, también, marcó un precedente: la vida privada podía ser espectáculo.
En Europa, también, se exploraron formatos similares. Programas, como The Family (Reino Unido, 1974), siguieron el mismo estilo documental. En él, la BBC siguió la vida cotidiana de la familia Wilkins, en Reading, mostrando, sin filtros, sus rutinas, conflictos y relaciones. Dicho programa es considerado la primera “docu-soap” británica. La fórmula era clara: mostrar lo ordinario como algo extraordinario. No había celebridades ni escenarios fabricados; sólo gente real frente a cámaras, lo cual resultaba intrigante para el público.
Durante los 80 y 90, MTV llevó esta tendencia a nuevas generaciones, con The Real World (1992). Este programa juntaba a un grupo de jóvenes en una misma casa, captando sus interacciones, conflictos y romances. Fue la primera vez que se consolidó el concepto de “encerrar a personas desconocidas y dejar que la convivencia genere la historia”. Ahí, nacieron muchos de los elementos que, luego, serían claves en Big Brother (y todos sus derivados, según el país) y otros formatos posteriores: la convivencia forzada, el aislamiento y la mirada constante del público.
Estos primeros realities demostraron que había un enorme atractivo en observar vidas ajenas y que el guion más fascinante era el que escribía la realidad misma.
El fenómeno de Big Brother, un ojo que todo lo ve

El año 2000 marcó un antes y un después en la historia de la televisión. Desde Países Bajos, llegó Big Brother, un programa creado por John de Mol y producido por Endemol. La idea era encerrar a un grupo de desconocidos en una casa vigilada por decenas de cámaras, las 24 horas, sin contacto con el exterior. El público tendría el poder de votar y decidir quién se quedaba y quién salía cada semana.
Lo que sorprendía no era sólo la convivencia y los conflictos, sino, también, el morbo de saber que las cámaras nunca se apagaban. Por primera vez, los televidentes podían espiar la vida de otros, como si fueran vecinos curiosos, y, además, tenían la ilusión de influir en el destino de los participantes.
Tanto el nombre como el concepto del programa estaban inspirados en la trama de la novela 1984, de George Orwell, donde un líder desconocido, a través de un ojo omnipresente (las cámaras), lo observa y controla todo. Y eso fue lo que sedujo a millones de espectadores alrededor del mundo. En pocos meses, Big Brother se exportó a decenas de países, desde Alemania hasta México, convirtiéndose en un fenómeno cultural global.
La llegada de Big Brother a México, en el año 2002, fue todo un terremoto televisivo. Televisa apostó por este formato internacional y lo convirtió rápidamente en un fenómeno de masas. Durante meses, millones de espectadores siguieron a los participantes encerrados en una casa, observando sus romances, peleas y estrategias, mientras ellos mismos decidían, con sus votos, quién debía abandonar el juego.
El éxito fue inmediato: el programa rompió récords de audiencia, generó largas filas de aspirantes para futuras ediciones y se convirtió en tema de conversación nacional. El impacto fue tan grande que cambió la manera de hacer televisión en el país. Se impulsó la producción de más realities, desde concursos musicales hasta competencias de talento, de cocina, de baile y deportivas, como The Voice, American Idol, Master Chef, Dancing With the Stars, La Isla, Survivor, entre muchos otros.
Además, se incorporaron dinámicas de interacción con el público, comprobando que el entretenimiento no dependía únicamente de actores y guiones, sino de la autenticidad (o, al menos, la apariencia de ella).
Big Brother inauguró la era de los reality shows como espectáculo de masas. Creó estrellas instantáneas, introdujo dinámicas de votación masiva y, sobre todo, demostró que la televisión podía capturar la atención del público no con guiones, sino con la promesa de lo impredecible. Además, impulsó el consumo de televisión en vivo, ya que cada gala era un evento. También, abrió la puerta a debates sobre ética, privacidad y el límite entre el entretenimiento y la explotación emocional. Sin embargo, lo cierto es que, desde ese momento, la televisión cambió para siempre: el reality show se consolidó como un género imprescindible.
En los últimos años, el formato de Big Brother evolucionó, con la llegada de La Casa de los Famosos, transmitida en América Latina y Estados Unidos. Aquí, la fórmula de Big Brother se fusiona con un ingrediente irresistible: las celebridades. Actores, cantantes, conductores y figuras de redes sociales conviven bajo el mismo techo, exponiendo no sólo su intimidad, sino, también, sus egos, rivalidades y alianzas.
El atractivo ya no es sólo ver la vida de desconocidos, sino observar a personalidades que los espectadores ya siguen y admiran, y de quienes tenían una cierta imagen o percepción. La interacción entre famosos genera un espectáculo cargado de polémicas, romances inesperados y conflictos mediáticos que trascienden la pantalla.
Otro cambio importante es la manera en la que el público participa. Gracias a las redes sociales, los seguidores no sólo votan, también, comentan, crean tendencias y viralizan momentos en tiempo real. Esto convierte a La Casa de los Famosos en un fenómeno multiplataforma, donde la conversación digital es tan importante como el programa televisivo.
En este formato, la línea entre la ficción y la realidad se vuelve aún más delgada. Los famosos saben que su imagen está en juego, pero, también, entienden que el drama vende. Y el público, entre cómplice y juez, disfruta cada segundo.
Los reality shows han recorrido un largo camino, desde los experimentos documentales hasta los encierros masivos de celebridades. Han cambiado la televisión y, con las redes sociales, se han vuelto parte de la cultura digital. Más que un género televisivo, son un espejo de nuestra fascinación por lo cotidiano convertido en espectáculo.
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