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  • Foto del escritorRedacción Relax

Los paisajes literarios de Kafka




Aunque Dostoievski fue quien inició la indagación sobre la condición humana, en cuerpo, psique y comportamiento, el lenguaje kafkiano fue el que desplegó, sujetó y encerró a esta preocupación ontológica hasta un nivel muy cercano a lo simbólico, de manera que la incógnita que había sobre la situación del ser humano, específicamente en el mundo moderno, pudo desbordarse y transfigurarse en el pensamiento existencialista del siglo XX.


Empero, la influencia póstuma que Franz Kafka (1883-1924) ejercería en las artes y humanidades, ha crecido lo suficiente para inferir que este autor clásico sigue impactando en la actualidad; para entender los últimos eslabones creativos que aún se inspiran en los paisajes que estableció Kafka, conviene analizar un par de relatos cortos, ya que son un extracto de los signos y conceptos que comprenden su obra literaria, al igual que las circunstancias existenciales de su época.

Una agonía interminable


El cuento “Érase un buitre…” desdobla en unas cuantas líneas el tipo de personajes que construía Kafka, así como la alegoría que oculta su narrativa. En el inicio, se detalla el ataque de un buitre que no deja de picotear los pies de un hombre inerme a voluntad, ya que decidió sacrificar parte de su cuerpo y aguantar el dolor constante tras un intento vago por deshacerse de él.


Con esa introducción se dibuja una escena agonizante e infinita que encuentra una aparente solución, dada por un hombre que se detiene a mirar: un pájaro, un tiro. Sin embargo, los animales de Kafka son capaces de actuar como lo haría un humano, pero no porque se trate de una fábula, sino porque la condición animal se iguala a la humana, en tanto que el hombre tampoco entiende la esencia de su ser, existir, devenir e, inclusive, es posible que ni siquiera se detenga a pensarlo.


Entonces el buitre embiste primero y sucumbe junto al hombre que por fin saborea una escapatoria: dos vidas por un pico. Por tanto, la muerte aparece como una liberación de las circunstancias extremas que experimentan los personajes kafkianos, las cuales son en el fondo situaciones existenciales que convierten al mundo en una jaula.


Precisamente así es como el hombre, dentro de esa igualdad de condiciones con los animales, puede soportar una metamorfosis y despertar siendo buitre, conejo, insecto o su secreto más sombrío, al que se sentirá enganchado hasta que exprima toda su angustia. No obstante, vale agregar que la mutación e igualdad de especies no son sólo ideas fantásticas, pues el pico que taladra el cuerpo puede ser un pensamiento agujerando la mente o una sensación congruente con nuestra identidad.

Un laberinto sin salida


Como un reflejo a la pérdida de identidad que vive el hombre moderno, Kafka elimina la individualidad de sus personajes con un método muy sencillo: no nombrarlos. En su lugar, utiliza iniciales, A, B y preferiblemente K, que aun determinada por el apellido del autor, sirve para sugerir que el protagonista puede ser quien sea, ya que en la sociedad emergente del siglo XX no importa el nombre, mas sí una sigla, un código que sintetiza a cualquiera y que borra su carácter.


“Un suceso cotidiano” es muestra de ello y también del paisaje narrativo que por excelencia alude a Kafka. La historia se conduce a través de H, un espacio temporal que no permite que A y B se encuentren, porque se trata de un escenario increíble que hace referencia a Las cárceles imaginarias que Giambattista Piranesi publicó en 1742, como una serie de grabados que Kafka dibujó con las letras y que posteriormente regresarían a los trazos de M. C. Escher, haciendo honor a su naturaleza de cinta de Moebius.


La descripción de esta arquitectura enigmática, cual escalera imposible o laberinto interminable que no va a ninguna parte, ilustra el eterno destino del hombre, porque se sube y se baja, repitiendo el mismo desplazamiento y cumpliendo la misma rutina, una y otra vez hasta el final. Un desenlace que asimismo es una interrogante existencial, que descubre en la muerte la libertad de sólo ser, lejos de esa prisión que de igual manera requiere del individuo para cumplir con su función.


Esa estructura poética sobre la cárcel, que puede ser el cuerpo, la razón o los instintos, unida al conjunto de sus componentes narrativos, es la que ha moldeado a los actuales grilletes que incrementan la cadena creativa, que atrapó y enredó Kafka para mantener su cordura en un mundo que cambiaba y que tenía menos respuestas. Pero ahora, el hombre los emplea como un alivio ingenioso, al que se recurre para esconder la vida y encender la realidad virtual.

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